DEBERES DEL GENIO por Manú
1 : -Estar atento a lo que necesita para crecer.
No es mala idea comenzar hoy la serie de deberes o características que Hugo Luchetti identifica y aconseja en las personas que tal vez deseen ser geniales.
El primero parece ser estar atento a lo que se necesita para crecer -(imagino que intelectual y emocionalmente, ya que la genialidad es un componente de la personalidad integral, pero no físico)-.
O sea, que lo primero es la Atención, y lógicamente antes, la Sensibilidad, pues la atención es la polarización del psiquismo perceptivo hacia algo que se siente o percibe. Inmediatamente después de esa sensación o percepción ocurre un casi automático juicio valorativo que intenta medir la carga de importancia del fenómeno y decide así atenderlo o desecharlo.
Pero ese juicio valorativo no se hace nunca sobre el vacío. -o en tal caso sólo seríamos máquinas biológicas-, sino que interactúa con algún eco interior que ha de salir al encuentro de la percepción. Si tal eco no se produjera no habría tampoco verdadera atención, sino una simple marca en la memoria. En alguna ocasión posterior esa marca recordada actuaría como eco, efectivo o fallido.
También sucede que el fenómeno que aparece ante la consciencia está situado siempre en algún escenario que le focaliza o le difumina según los casos. En la enseñanza establecida todo tiende a hacer resaltar el objeto que se oferta a la atención, pero en la vida cotidiana incontrolada es el propio sujeto quien tiene que seleccionar por sí mismo lo que considere más valioso y desechar el resto del escenario.
Hay por lo tanto una interactividad ofertante y selectiva entre el mundo y el sujeto, que en los casos estadísticamente normales es coactiva para el sujeto, y en los casos geniales el sujeto logra zafarse de la coacción y selecciona sus propios valores. Esto es lo menos que puede esperarse de los niños genios.
El niño genio es pues siempre y en todos los casos un incontrolado. Pero no un incontrolado respecto a las pautas sociales y culturales establecidas, sino un incontrolado en lo inobservable. En todo lo demás puede parecer "normal".
Pero en el fondo y siempre el niño genio es un rebelde contra el sistema al cual intenta descubrir los puntos débiles, -mirar detrás o dentro del cartón para ver lo que hay oculto realmente detrás de las apariencias, si es que hubiera algo, o desechar el falso valor en caso contrario-. Tendrá pues que acostumbrarse a la soledad de los juicios no compartidos, de los valores secretos, del sentido de las cosas que lleva siempre a más allá de lo convencional. Y esto solamente podrá hacerlo si obtiene a cambio compensaciones e incentivos superiores o mayores a los que ofrece la coparticipación cultural establecida y dominante.
Si esto funciona así -y parece que funciona- el niño genio encontrará bastante temprano en su vida alguna fuente nutricia de sabiduría no frecuentada; y al cabo de no mucho tiempo tendrá despierto el instinto de seleccionar lo que a él personalmente le conviene para crecer en conocimiento y en operatividad; y le ocurrirá el curioso contrasentido de convertirse en adulto rápidamente a la vez que definitivamente va a quedarse en una suerte de "perpetua infancia genial".
2 : -Poder contener un dato perturbador.
La segunda característica del genio que señala Hugo Luchetti es la citada. Como su propio nombre indica, un dato perturbador es aquél que produce una cierta conmoción en el orden de cosas donde se introduce y tiende a romper el equilibrio interno del sistema en cuestión.
Y como genios han existido siempre, esta eventualidad del dato perturbador ha sido tenido en cuenta desde los tiempos más remotos, especialmente en las altas instancias de todas las instituciones de cierta importancia cualquiera que fuese su modalidad, -militar, política, religiosa, etc.- En todos estos casos y en los niveles privados y domésticos más reflexivos o sofisticados o civilizados, el modo de tratar al dato perturbador es aislándolo, levantando en torno suyo un muro de silencio respecto a la exterioridad, estudiando alguna posible forma de neutralizarlo y sacando de él el mayor provecho posible para el propio sistema.
Ésta, que es una técnica consagrada de la diplomacia desde la más remota y oscura prehistoria, es en su origen una intuición genial que se repite en todos los casos de genialidad espontánea, por más joven que sea el sujeto. El niño genio se hace siempre el distraído ante la llegada a su universo mental de los datos que subvierten su personal orden establecido -cuando está en público-, pero inmediatamente reacciona del modo anteriormente dicho, -neutralizándolo y obteniendo de tal dato el mayor provecho posible-. Y esta situación puede durar en su vida años y años sin que el sujeto genial se delate y sin que varíe su intencionalidad pragmática respecto a esta clase de datos y de elementos.
Y en el fondo esta técnica reactiva y asimilante, -como si se tratara de la caza de una partícula alimenticia por una ameba-, es la que hace crecer y madurar a este tipo de personas: El enemigo cazado y devorado. El elemento que venía a trastocarlo todo redunda en ejercicio exitoso y en beneficio del organismo.
Contrariamente a esta forma de comportamiento, el de las personas normales es bloquearse mentalmente e ignorar el dato, no en un ejercicio de diplomacia, sino realmente, volviéndose ciegas respecto al dato perturbador, igual a como reacciona la mente animal.
Precisamente es la sensibilidad ya mencionada del genio la que agudiza y afina su percepción de los datos perturbadores de cada vez más extremada sutileza.
Allí donde todo para todos parece estar bien el genio descubre fantasmas que intentan subvertir el orden establecido en las ideas y en las situaciones, pasa algún tiempo observándolos e incluso fomentando su desarrollo; y en el debido momento reacciona con un gesto rápido que le permite enriquecer a su mundo.
3 : -Integrar ideas con sentimientos.
Siguiendo con la serie de características de las personas geniales, según Hugo Luchetti, tenemos hoy para pensar la capacidad de tales personas de integrar armónicamente el doble universo ideológico y afectivo, -y quizás también una a modo de compensación sentimental para la aridez de la fría idea, y un a modo de soporte intelectual para la excesiva movilidad del puro sentimiento-.
Personalmente pienso que existen tres centros principales en la personalidad: El intelectivo, encargado de elaborar conceptos y de ensamblarlos; la voluntad, cuya función es la decisoria, -bajo la influencia de los otros dos centros-, y la libido, que es un complejo magma de impulsos irracionales y reaccionarios con respecto a los estímulos.
Cualquier persona siente la necesidad de un equilibrio entre esos tres centros. Sin embargo, este equilibrio se consigue raras veces, pues ninguno de los tres centros es un todo completo o invariable, sino que continuamente les están llegando nuevas ideas, nuevas mociones y nuevos estímulos, procedentes del mundo exterior, a la vez que también les surgen de su propia dinámica interna.
El resultado de tales aportes es un cierto caos más o menos tolerable en la mayoría de los casos, y que un cierto orden rutinario en la vida de cada cual va sorteando día tras días. Pero hay ciertas personas que necesitan un alto grado de silencio psíquico para poder trabajar con el intelecto en unos designios que ellas perciben como importantes. Estas personas se autoexigen que su libido y su voluntad se acoplen a su intelecto; y ello lo hacen mediante un órgano de su voluntad que casi nadie utiliza; una especie de sobrevoluntad que les obliga a querer no lo que realmente quieren o les apetece, sino lo que creen que les conviene querer.
El funcionamiento de ese órgano supervoluntario debe requerir gran cantidad de energía intelectiva y asimismo gran cantidad de energía voluptuosa, porque probablemente se trate de un productor de éxtasis intelectivos y placenteros.
Y como no hay órgano sin función ni causa sin efecto, los resultados de tales actividades extáticas son los hallazgos geniales que luego sorprenden a todos.
Por tanto, la integración que esas personas efectúan con sus ideas y sus sentimientos no es solamente una virtud admirable, sino que en ellas es más bien una necesidad, pues su pensamiento necesita absorber vida, y el centro de su afectividad necesita absorber causalidad y finalidad para engendrar a tal pensamiento.
4 : -Autogestión e iniciativa.
En la serie de Hugo Luchetti la cuarta característica del genio es la Autogestión -respecto al núcleo indelegable de su trabajo- y la Iniciativa si en el proyecto son necesarios algunos colaboradores.
Y si miramos en el fondo de esta dualidad, podemos observar que a veces -o tal vez siempre- se produce una síntesis a modo de "entusiasmo contagioso", como si la idea genial estuviera flotando en el ambiente, sin clara definición, y que en un cierto momento se traduce en una actividad compartida, sutilmente dirigida por alguno de los intervinientes, sin que esto apenas sea perceptible.
Nuestro escaso conocimiento de la dinámica del universo psicológico no nos permite asegurar que en torno a cada persona genial cristaliza alguna forma de inconsciente telepatía gestáltica que asume de un modo cuasi gravitatorio a varias personas para plasmar colectivamente alguna pre-realidad impensable, pero hay indicios que apuntan en esa dirección. Por lo general toda idea genial se compone de un núcleo intuitivo muy simple y de una compleja constelación de desarrollo lógico, que sin la diversidad de talentos de varias personas acaso nunca podría realizarse. Y esto al mismo tiempo nos descubre una capacidad, casi nunca antes reseñada, en las personas geniales de inducir en otros raros intereses que nunca habían sentido y de despertar en ellos nuevas habilidades que también desconocían.
El primer resultado de esta dinámica es el Equipo.
Desde el principio de este mundo el equipo ha sido imprescindible en toda gran obra. Históricamente el equipo casi siempre queda eclipsado por el resplandor de su elemento supuestamente principal, pero tal eclipse es un reduccionismo propio de la óptica popular y de los relatos de divulgación.
Una observación en profundidad de los hechos nos permite entrever que todo genio reconocido es en el fondo una personalidad polifísica, -un equipo-.
Quizás el talento personal del genio consista especialmente en esta capacidad de inducir en un colectivo un pensamiento metalógico, -una idea que precisa simultáneamente de varios cerebros en sintonía para conseguir desarrollarse-.
Estamos a las puertas de un nuevo milenio pero también estamos en el pórtico de una nueva era posiblemente cargada de estructuras plurimentales que nos obligarán a revisar nuestros actuales conceptos de persona y de personalidad.
Tal vez en un futuro no lejano reconozcamos entidades unitarias formadas por varios cuerpos personales, -equipos no sólo de acción para una finalidad más o menos concreta, sino soportes integrados de continuos gnoseológicos que requieren conexiones neuronales más profundas que las que permite el simple Lenguaje-.
Si esto se produjera, lo que tendríamos no sería un colectivo de muy diversas personas geniales, sino una Superpersonalidad autónoma y autogestionaria en un colectivo de personas, ninguna de las cuales tendría que ser especialmente genial.
5 : -Conocer los propios puntos débiles.
Lo más probable es que nadie sea totalmente perfecto; por lo cual hace bien Hugo Luchetti en aconsejar a las personas geniales que hagan todo lo posible por descubrir sus puntos débiles, pues casi con seguridad tendrán algunos.
Un criterio bastante iluminador podría ser el contradictorio, o sea, que somos débiles en todos los aspectos en que nos sentimos seguros, y somos fuertes en todos los aspectos en que nos sentimos inseguros. Y esto es así por simple lógica de la atención: Lo que más cuidamos es lo que más atendemos; y lo que más atendemos en nuestras defensas son los puntos que más suelen fallarnos.
Por lo tanto, lo que las personas geniales deben revisar son sus seguridades.
La educación social y la costumbre nos inducen desde muy jóvenes a suponer como verdades ciertas e inamovibles una serie de prejuicios establecidos, que luego resultan ser totalmente falsos si uno se toma la molestia de analizarlos y de comprobarlos por sí mismo, -aunque esto se suele hacer cuando ya es un poco demasiado tarde-. Todos esos prejuicios y sus correspondientes falsas seguridades son otros tantos puntos débiles. Y si a ese conjunto se le añade los otros puntos débiles de la personalidad propia, se obtiene el listado total.
Pero el conocimiento pleno y completo de los propios puntos débiles no es del todo suficiente para compensarlos y neutralizarlos, aunque sí es un comienzo, pues además hay que efectuar no un simple parcheo, sino una refundición de toda la personalidad debilitada vertiéndola en moldes nuevos de conducta. Lo cual sólo puede hacerse luego de descubrir e identificar el error fundamental que se haya cometido en el lapso anterior de la vida, porque es en ese error en el que estuvieron implicadas todas nuestras debilidades.
Y es después de tal identificación cuando ya se puede rectificar el error y dar por resueltas las debilidades que condujeron a él. Esto puede hacerse tanto a los siete años como a los setenta y en cualquier otra edad. Lo que nunca hará una persona verdaderamente genial es justificar su error en razón de que hay muchísimas personas que lo cometen, pues un genio es un ser privilegiado en el sentido de estar sometido a leyes privadas y no solamente a leyes generales.
Los lujos en error y debilidad que puede permitirse cualquier persona normal no pueden permitírselos las personas geniales, pues todo tiene algún precio.
Todas las personas normales tienen presente, pero no tienen futuro; y por eso acaban desapareciendo en el olvido con su época; pero los genios, en vez de presente, lo que tienen es futuro; y esto implica un coste diferente y un modo distinto de vida y de comportamiento para realizarse como personas geniales.